Monday, March 25, 2013


Mujeres


Quisiera mostrarles la entrada que hice en un blog que me pertenece, en la lejana fecha del 8 de Marzo de 2006:

"Hace algún tiempo leí en el diario un artículo en el cual un periodista chileno, conocido por sus ácidos comentarios de actualidad, escribía su opinión acerca de las mujeres. Me sorprendió mucho. Quisiera compartirla, aquí va el texto:


'La ciencia es una forma metódica de ignorancia que se basa en negar lo evidente para, después de un elaborado proceso, volver a descubrirlo. Laura Carrel y Huntington Willard, dos prestigiosos biólogos de la Universidad de Pensilvania, acaban de concluir lo que todos sabíamos: que las mujeres son más complejas que los hombres, genéticamente hablando.

Hasta en el fondo de su estructura, las mujeres aparentan ser menos que los hombres y menos de lo que realmente son. Sin embargo, en todo son más. Sienten el doble de placer, el doble de dolor, trabajan el doble (aunque ganan la mitad), lloran el doble, ríen el doble. Viven más años, y ahora, en Chile, una de ellas es Presidenta de la República.

Para los hombres, tener conciencia de la superioridad de las mujeres es un golpe muy duro. Tan duro, que gran parte de la vida se la pasan negando esa evidencia. Los mitos machistas y la violencia de género nacen muchas veces de esa misma conciencia: la de no ser frente a ellas, más que niños, que seres castrables e intercambiables.

Las mujeres son más, pueden más, hacen más, se equivocan menos y además, ahora lo sabemos, son genéticamente más complejas. Por fortuna, a ellas, más que a nadie, les espanta su evidente superioridad. Por eso, no sólo casi siempre se casan con el más imbécil de sus pretendientes: también suelen elegir trabajos, vocaciones o vínculos que cuestionan o se burlan de su poder. Se cortan las alas con los dientes. Se dejan vestir, educar y amar por su peor enemigo. Intentan por todos los modos destruír cualquier evidencia de su poder, o ponen ese poder al servicio de hombres...'



Ser mujer es difícil a veces. No porque los hombres no nos reconozcan como superiores a ellos, sino porque ni siquiera nos ven como iguales. Con sus actitudes, tratan de sofocar cualquier indicio de fuerza en nosotras. Supongo que les gustaría hacernos creer que sin ellos estamos perdidas. La alegría de ser mujer llegó para mí el día en que descubrí que soy autosuficiente, independiente, y maravillosa. Por lo tanto, cada día es MI día."

Releo lo que escribí hace siete años atrás y siento orgullo de mí. Porque en ése momento ya sabía cuánto valía y también sabía que debía luchar por hacer prevalecer mi valor.

Lo único que siento que ha cambiado en mí es que ya no soy tan inocente. Ser mujer no es difícil a veces, en realidad lo es siempre. Cada día. Y lo más importante, ya no pienso que sean precisamente los hombres los que tratan de sofocar nuestra fuerza. Es durísimo decirlo, pero somos varias de nosotras las que hacemos eso.

Me muestro completamente de acuerdo con lo escrito por el periodista, que a todo esto era Rafael Gumucio. Yo sé que a usted, mujer emancipada y feminista, no le gustará leer esto. Para reconciliarme con sus afectos, le diré que no hablo de cada mujer, sino de algunas que yo conozco. Es más, no me saco del grupo ni pretendo ser referente de nadie en esta vida. Sólo le contaré lo que me ha tocado observar.

En mi vida, he visto mujeres esforzadas, luchadoras, capaces de hacerse responsables de sí mismas y de sus hijos. No sólo los hijos, a veces familias enteras dependen de una sola fémina que vela por los suyos. Pero esas mismas mujeres tienen por compañero a un tipo que las engaña con otras, que no responde económicamente a las necesidades del hogar, que las violenta física o psicológicamente. He visto mujeres que perdonan una y otra vez al hombre que las está destruyendo poco a poco. Incluso he visto algunas que han abandonado a sus hijos por elegir a ése hombre.

He visto mujeres que declaran detestar el machismo, pero que al mismo tiempo esperan un trato especial sólo por el hecho de ser mujeres. Crían a sus niños haciéndoles todo y dándoles el plato de comida más grande. Y a las niñas, por supuesto, las meten en la cocina y en las labores del hogar. En Navidad, los hijos de estas mujeres reciben de regalo súper héroes que vuelan, tiran rayos y tienen todo tipo de aventuras. Sus hijas abren cajas rosadas con tacitas de té, cocinitas, o guaguas que se pueden mudar, sacarles los chanchitos o enseñar a caminar.

He visto mujeres que quieren que el modelo imperante cambie. Desean ganar un sueldo equivalente al de sus colegas varones, que su trabajo sea valorado y que sus opiniones se escuchen. Pero cuando tienen un reclamo para sus empleadores, callan por temor a no ser tomadas en cuenta o porque no quieren provocar un conflicto. Y así colaboran con su propia desvalorización.

He visto mujeres (una de ellas en mi propio espejo), que están cansadas de ser exigidas socialmente para no tener canas, no pesar más de lo debido, no tener pelos en el cuerpo, oler siempre a gloria y lucir impecable a cualquier hora del día. Y he visto a esas mismas mujeres tiñéndose el pelo con hastío, haciendo sufridas dietas, arrancándose los vellos corporales con mucho dolor, gastando en perfumes caros y con un espejo pegado a la palma de la mano. Doblegadas y esclavizadas por su propia imagen.

He visto mujeres con egos monstruosamente grandes, que recalcan lo maravillosas y fuera de lo común que son en cada oportunidad posible. Las he visto cómo sufren y luchan por conquistar el amor del único hombre que no les compra su cuento y detecta la necesidad tremenda de aceptación y aprobación que subyace en ellas. Por esa misma razón es que en definitiva él no las valora.

Si usted es mujer y ha leído algo que no le agradó, le ofrezco mis disculpas. No escribí esta columna para ofender a mi género, sino para invitar a una reflexión sobre qué estamos haciendo las mujeres por nosotras mismas. Esperar que los hombres nos pongan en una silla a su mismo nivel queda sólo para los días 8 de Marzo de cada año, no para la vida cotidiana donde usted y yo nos encontramos con desigualdades e injusticias que nos hacen maldecir nuestra suerte.

La invito a que mire a todas las mujeres que le rodean, hasta la que está en brazos de su madre alimentándose. Reconózcase en cada una de ellas, porque somos todas la misma. Creo que esa unidad es la única forma de encontrar nuestro sitio en el mundo. Debemos educarnos, defendernos, cuidarnos, aceptarnos y buscar el equilibrio entre nuestra fuerza y la de los hombres. Sabemos que ellos no lo harán... Así que una vez más, como acostumbramos a hacer a diario, iniciemos algo grande y valioso.


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