Mujeres
Quisiera
mostrarles la entrada que hice en un blog que me pertenece, en la
lejana fecha del 8 de Marzo de 2006:
"Hace
algún tiempo leí en el diario un artículo en el cual un periodista
chileno, conocido por sus ácidos comentarios de actualidad, escribía
su opinión acerca de las mujeres. Me sorprendió mucho. Quisiera
compartirla, aquí va el texto:
'La
ciencia es una forma metódica de ignorancia que se basa en negar lo
evidente para, después de un elaborado proceso, volver a
descubrirlo. Laura Carrel y Huntington Willard, dos prestigiosos
biólogos de la Universidad de Pensilvania, acaban de concluir
lo
que todos sabíamos: que las mujeres son más complejas que los
hombres, genéticamente hablando.
Hasta
en el fondo de su estructura, las mujeres aparentan ser menos que los
hombres y menos de lo que realmente son. Sin embargo, en todo son
más. Sienten el doble de placer, el doble de dolor, trabajan el
doble (aunque ganan la mitad), lloran el doble, ríen el doble. Viven
más años, y ahora, en Chile, una de ellas es Presidenta de la
República.
Para
los hombres, tener conciencia de la superioridad de las mujeres es un
golpe muy duro. Tan duro, que gran parte de la vida se la pasan
negando esa evidencia. Los mitos machistas y la violencia de género
nacen muchas veces de esa misma conciencia: la de no ser frente a
ellas, más que niños, que seres castrables e intercambiables.
Las
mujeres son más, pueden más, hacen más, se equivocan menos y
además, ahora lo sabemos, son genéticamente más complejas. Por
fortuna, a ellas, más que a nadie, les espanta su evidente
superioridad. Por eso, no sólo casi siempre se casan con el más
imbécil de sus pretendientes: también suelen elegir trabajos,
vocaciones o vínculos que cuestionan o se burlan de su poder. Se
cortan las alas con los dientes. Se dejan vestir, educar y amar por
su peor enemigo. Intentan por todos los modos destruír cualquier
evidencia de su poder, o ponen ese poder al servicio de hombres...'
Ser
mujer es difícil a veces. No porque los hombres no nos reconozcan
como superiores a ellos, sino porque ni siquiera nos ven como
iguales. Con sus actitudes, tratan de sofocar cualquier indicio de
fuerza en nosotras. Supongo que les gustaría hacernos creer que sin
ellos estamos perdidas. La alegría de ser mujer llegó para mí el
día en que descubrí que soy autosuficiente, independiente, y
maravillosa. Por lo tanto, cada día es MI día."
Releo lo
que escribí hace siete años atrás
y siento orgullo de mí.
Porque en ése momento ya sabía cuánto valía y también sabía que
debía luchar por hacer prevalecer mi valor.
Lo único
que siento que ha cambiado en mí es que ya no soy tan inocente. Ser
mujer no es difícil a veces,
en realidad lo es siempre.
Cada día. Y lo más importante, ya no pienso que sean precisamente
los hombres los que tratan de sofocar nuestra fuerza. Es durísimo
decirlo, pero somos varias de nosotras las que hacemos eso.
Me muestro
completamente de acuerdo con lo escrito por el periodista, que a todo
esto era Rafael Gumucio. Yo sé que a usted, mujer emancipada y
feminista, no le gustará leer esto. Para reconciliarme con sus
afectos, le diré que no hablo de cada mujer, sino de algunas que yo
conozco. Es más, no me saco del grupo ni pretendo ser referente de
nadie en esta vida. Sólo le contaré lo que me ha tocado observar.
En mi vida,
he visto mujeres esforzadas, luchadoras, capaces de hacerse
responsables de sí mismas y de sus hijos. No sólo los hijos, a
veces familias enteras dependen de una sola fémina que vela por los
suyos. Pero esas mismas mujeres tienen por compañero a un tipo que
las engaña con otras, que no responde económicamente a las
necesidades del hogar, que las violenta física o psicológicamente.
He visto mujeres que perdonan una y otra vez al hombre que las está
destruyendo poco a poco. Incluso he visto algunas que han abandonado
a sus hijos por elegir a ése hombre.
He visto
mujeres que declaran detestar el machismo, pero que al mismo tiempo
esperan un trato especial sólo por el hecho de ser mujeres. Crían a
sus niños haciéndoles todo y dándoles el plato de comida más
grande. Y a las niñas, por supuesto, las meten en la cocina y en las
labores del hogar. En Navidad, los hijos de estas mujeres reciben de
regalo súper héroes que vuelan, tiran rayos y tienen todo tipo de
aventuras. Sus hijas abren cajas rosadas con tacitas de té,
cocinitas, o guaguas que se pueden mudar, sacarles los chanchitos o
enseñar a caminar.
He visto
mujeres que quieren que el modelo imperante cambie. Desean ganar un
sueldo equivalente al de sus colegas varones, que su trabajo sea
valorado y que sus opiniones se escuchen. Pero cuando tienen un
reclamo para sus empleadores, callan por temor a no ser tomadas en
cuenta o porque no quieren provocar un conflicto. Y así colaboran
con su propia desvalorización.
He visto
mujeres (una de ellas en mi propio espejo), que están cansadas de
ser exigidas socialmente para no tener canas, no pesar más de lo
debido, no tener pelos en el cuerpo, oler siempre a gloria y lucir
impecable a cualquier hora del día. Y he visto a esas mismas mujeres
tiñéndose el pelo con hastío, haciendo sufridas dietas,
arrancándose los vellos corporales con mucho dolor, gastando en
perfumes caros y con un espejo pegado a la palma de la mano.
Doblegadas y esclavizadas por su propia imagen.
He visto
mujeres con egos monstruosamente grandes, que recalcan lo
maravillosas y fuera de lo común que son en cada oportunidad
posible. Las he visto cómo sufren y luchan por conquistar el amor
del único hombre que no les compra su cuento y detecta la necesidad
tremenda de aceptación y aprobación que subyace en ellas. Por esa
misma razón es que en definitiva él no las valora.
Si usted es
mujer y ha leído algo que no le agradó, le ofrezco mis disculpas.
No escribí esta columna para ofender a mi género, sino para invitar
a una reflexión sobre qué estamos haciendo las mujeres por nosotras
mismas. Esperar que los hombres nos pongan en una silla a su mismo
nivel queda sólo para los días 8 de Marzo de cada año, no para la
vida cotidiana donde usted y yo nos encontramos con desigualdades e
injusticias que nos hacen maldecir nuestra suerte.
La invito a
que mire a todas las mujeres que le rodean, hasta la que está en
brazos de su madre alimentándose. Reconózcase en cada una de ellas,
porque somos todas la misma.
Creo que esa
unidad es la única forma de encontrar nuestro sitio en el mundo.
Debemos educarnos, defendernos, cuidarnos, aceptarnos y buscar el
equilibrio entre nuestra fuerza y la de los hombres. Sabemos que
ellos no lo harán... Así que una vez más, como acostumbramos a
hacer a diario, iniciemos algo grande y valioso.
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